La Navidad siempre empieza por una escena que no tiene la culpa de nada. Es un pestañeo emocional. La primera grieta. No por las luces en la calle o en casa, sino por ese momento casi secreto que te sacude sin avisar.
A veces son Al Pacino y Diane Keaton comprando regalos de Navidad, ajenos a que acaban de disparar al Don. Otras veces es Sinatra —el muy cabrón—dejándote caer Have yourself a merry little Christmas con esa voz que te desarma.
Una invitación a sentirte vulnerable y ahí está, el chispazo.
La Navidad es aquella escena de James Stewart leyendo a su amada, una esperanza, el verso de Eleanor Farjeon; es quedarte viendo cine en horas que no existen el resto del año, oliendo ese perfume con exceso de jengibre; es imaginar a Holden Caulfield caminando entre la nieve, cabreado con el mundo sin saber por qué, pensando que la Navidad debería arreglar algo —lo que sea— y al mismo tiempo sabiendo que no lo hará. Esa mezcla de ternura y desconfianza que te da en plena cara.
No exagero cuando afirmo que no comienza poniendo el árbol, ni por esos comerciales que intentan convencerte de que este año, por fin, vas a ser mejor persona. Hasta que llega enero.






