Es importante saber hacerlo. Una prueba de vida. Un cuadro de Hopper.
Hay personas a las que no les molesta que no pase nada. No buscan el siguiente estímulo como si fuera oxígeno. Se quedan incluso sin showtime. Miran alrededor. Esperan a que algo —o nada— ocurra.
No como nosotros, flores de invernadero, entrenados para marchitarnos al primer silencio. Para confundir placer con movimiento. Para rellenar cualquier hueco antes de que nos mire de vuelta.
Es igual que esa sobremesa que se alarga y nadie propone café, postre ni despedida.
Una manera discreta de decir: no tengo prisa por nada. Y, a veces, justo ahí —cuando no pasa nada— pasa todo.






