Hay una mesa.
Platos, copas, luces, risas, conversaciones.
Y, al fondo, las sillas vacías.
Las que nadie quiere que estén vacías, pero lo están.
Siempre hablamos de la mesa como si fuera un lugar de celebración.
Pero también es un lugar de ausencia.
Las sillas vacías no son objetos ni atrezo.
Son historias que fueron.
Son nuestro legado.
La mesa está llena, o casi.
Lo que no estaba era completa.
Eso se siente como un disparo a quemarropa.
O como un nudo en la garganta.
La silla, como tantas otras cosas,
no recuerda,
los recuerda.
Dedicado a la memoria de Ana, María, Pepe y Jesús.






