No es un tema menor. Hace unos años fingía atender una llamada hasta que me di —y me temo que también se dieron— cuenta de que los dispositivos no estaban donde debían estar, no en mis oídos, sino en el bolsillo o en casa. Quién sabe.
Era reincidente. En otra ocasión, con tal de no pararme a saludar, también hacía que hablaba. Esta vez sí los llevaba. Solo que, al volver la esquina —o dos metros más adelante, no lo recuerdo bien—, mi teléfono comenzó a sonar.
Pero aquello, como diría el abuelo, es otra historia.
No soy culpable. En absoluto. Lo hice y volvería a hacerlo. Hay grados de separación, como un acuerdo tácito con la persona con la que estamos, o no, obligados a pararnos. Saludar, fingir que tenemos una relación sana y abierta. Es horrible. Me abruma tal responsabilidad, sobre todo cuando en la misma maldita calle, o dos calles más arriba, volvemos a coincidir.
Lo odio. Odio saludar y odio a la gente al menos cinco días a la semana. A veces me siento en el coche y no enciendo el motor. Entonces recupero el pulso.
Detesto sobre todo a los hipócritas, esos que tan bien conozco porque soy uno de ellos. Ladrones de guante blanco de los saludos inexistentes.
Al menos sé que de mí jamás dirían aquello de que siempre saludaba en el ascensor.






