Tengo la sensación cada vez más frecuente de que nadie escucha a nadie, pero todos hablan al mismo tiempo.
No se discute para entender, se hace para ganar. O peor, para señalar. Vivimos en una época tan oscura que la opinión ha dejado de ser el punto de partida, ahora es puro veredicto. Y donde el desacuerdo ya no se tolera como parte natural de la conversación, sino que se interpreta como amenaza.
El caso de David Uclés, la polémica alrededor de Filmin por exhibir un documental que a muchos suscriptores no les gusta, sin haberlo visto en muchos casos, o ciertas notas de prensa —como la de Libros del Asteroide e Ignacio Peyró sobre Julio Iglesias— funcionan como síntomas, no como causas. Da igual el tema concreto, arte, cine, literatura o memoria cultural. Todo acaba atravesado por la misma lógica binaria. O estás conmigo o estás contra mí.
Lo inquietante no es que existan opiniones distintas. Eso es sano. Lo inquietante es que ya no parezca necesario escuchar los argumentos del otro. Se cancela antes de comprender. Se condena antes de preguntar. Se redacta una culpabilidad moral incluso cuando nadie ha sido juzgado por nada.
Joan Didion escribió que contamos historias para poder vivir. Hoy, sin embargo, parece que las historias se usan para sobrevivir a base de trincheras. Cada relato se convierte en un arma arrojadiza, cada matiz en una sospecha. La duda, que antes era inteligencia, ahora parece debilidad.
Y hay algo infantil —muy Salinger— en todo esto. Una necesidad casi adolescente de pureza moral, de señalar quién es auténtico y quién no, quién merece estar dentro y quién debe quedarse fuera. Como si el mundo fuera un pasillo de instituto y no un lugar complejo, lleno de contradicciones y zonas grises.
Quizá el verdadero problema no sea la politización de todo, sino la incapacidad de sostener una conversación incómoda. Exponer por qué pensamos esto y no lo otro. Escuchar sin preparar la respuesta mientras el otro habla. Aceptar que alguien puede no gustarte, no convencerte o no representarte sin que eso lo convierta automáticamente en culpable de algo ni en el enemigo.
Imponer la discordia es fácil. Escuchar requiere tiempo, atención y una cierta humildad intelectual. Y eso escasea.
Tal vez no se trate de llegar a acuerdos. Tal vez baste con volver a algo mucho más básico, hablar menos para ganar y escuchar más para entender. Aceptar que el mundo no cabe en un tuit, ni en una consigna, ni en una indignación compartida.
Y asumir, de una vez, que convivir no es cancelar al otro, sino soportar —con elegancia— que no piense como tú.






