Son dos acordes, y ya está, nudo en la garganta o en el estómago. Y el vacío existencial inmediato.
No hay aviso. No hay preparación posible.
No importa si estoy en casa, en coche o en una terraza con gente hablando de cualquier cosa irrelevante. Suenan los primeros compases y algo se recoloca, sin pedir permiso.
Es como si la canción supiera algo de mí que todavía no he terminado de entender.
No voy a hacer una lista completa. No las busco activamente, pero cuando aparecen me dejan fuera de juego unos instantes. Canciones que no se escuchan, atraviesan.
Pienso en Ojalá, de Silvio Rodríguez. No hace falta que llegue al estribillo. Basta el aire que precede a ese cantan del directo. Y parece que alguien hubiera abierto una ventana en una casa que daba por cerrada.
Wild Horses, de The Rolling Stones. Esa forma de narrar sin prisa y la voz desgarradora.
Está ese momento de Freddie Mercury en Wembley. No soy especialmente fan de Queen —y quizá por eso funciona aún más—, pero cuando suena mamma suspendido en el aire, ahí pasa algo que ni la RAE podría descifrar.
Son cuestiones primitivas. Y parece que todos en el estadio contenemos el aliento, a la vez.
Y Under Pressure. Maldita Aftersun. Hay escenas que no se olvidan ni terminan cuando acaba la película. El baile y, de repente, todo se rompe, el cuerpo, la música, la vida.
Y un día, sin saber muy bien por qué, algo encaja. O deja de hacerlo. Y esa melodía que antes pasaba desapercibida se convierte en un sitio al que no sé si quiero volver, pero al que inevitablemente vuelvo.
No dicen qué me pasa, pero confirman que está pasando algo.






