El lujo inútil de las pequeñas cosas
Hay cuestiones que no significan nada en sí mismas, pero que lo son todo para unos pocos. Pequeños, secretos, que no aparecen en ninguna lista de tareas porque no hacen falta. No resuelven nada, no te acercan a ninguna meta, no mejoran tu productividad ni te vuelven mejor persona. Sin embargo, están ahí, tercos, delicados, el hilo fino que sostiene el imperio romano de lo personal.
Todas estas manías, estas tonterías privadas que nunca confesarías en voz alta, son también una forma de defensa. Un escudo diminuto contra la prisa, contra esa adultez que siempre parece pedirte algo. Te devuelven a un lugar que no sabe de responsabilidades, un lugar donde basta con repetir un gesto mínimo para que el mundo deje de moverse tan deprisa.
Las entradas del cine al que ya no vas, ese papel amarillento que resiste mil veranos. La bolsa bonita que te gusta más que lo que compraste. La muestra de perfume de marca que ya no existe. La cajetilla de cerillas de ese antro del Village. El posavasos de un club al que fuiste para eso, llevarte un posavasos porque la noche iba en esa dirección, o el llavero de una casa en la que ya no vives.
Lo que guardamos sabiendo que, si un día lo usáramos, se acabaría la magia.
Son lujos inútiles, sí. Pero tuyos. Y a veces, cuando todo aprieta, sostienen más de lo que parece.
Hasta lueguito, joder.






