El otro día pensaba en Brooks, en sus últimas horas tras abandonar para siempre el lugar que había constituido la mayor parte de su vida: la prisión de Shawshank, su refugio ante un mundo al que ya no podría pertenecer.
También, a veces, pienso en José Bódalo, el Abuelo, diciéndole a El Piojo (Alfredo Landa) en El crack II que, para hombres como ellos, la jubilación era la última gran putada. Y esa retahíla de verdades, hasta acabar con un solemne autorreconocimiento de lo que proyectaba ahí, frente al Guadarrama (en los días despejados), era la decadencia.
Solo tengo un miedo: envejecer. Hacerlo sin ser libre, tras haber despedido a demasiadas buenas personas, sin valerme por mí mismo. Eso me lleva a planificar una pequeña biblioteca frente a un ventanal que dé a mi jardín, o a una simple pared con yedra. Sin ver ladrillos ajenos, ni ver cómo o dónde aparcan un coche. Un huerto, un sillón cómodo donde leer y, a ser posible, la dignidad económica de una generación que, visto lo visto, tendrá cruda una devolución de lo aportado.
Salir del sistema, todo lo que pueda. Al menos irme sin la tristeza de no haber elegido. Aún falta mucho, diréis, pero cada vez cuesta más planificar a largo plazo; cada vez nos esquilman más y mejor y, cuando te das cuenta, solo eres un viejo gilipollas, que llevas media vida sin saber que el primo, en toda esta partida de póquer, eras tú.






