Me entero de que cierra el Café Gijón, donde abrirán otra copia, otra franquicia.
Las razones son miles, y todas válidas, por desgracia parece ser que a nadie le importan ya los sitios como el Café Gijón. A nadie.
Por eso me quiero quedar cada noche a vivir en un episodio de Seinfeld, donde todo sigue igual, los cafés, los teléfonos con contestador, los recados, la tienda de electrónica, la carnicería, la de ropa, ese tipo de vida y de ritmo, y no lo de ahora.
Un implacable Jeremy Irons lo decía en Margin Call, Es el fin, el fin, te lo digo yo. No hablaba de un café centenario, lo decía de un modelo de negocio, de vida.
Las calles, las ciudades, tienden a ser iguales, una copia de otra copia, hace cerca de diez años aconsejaba a un cliente hostelero que la temática fuera Enrique Morente., no otra. Vienen a Granada, no a Nueva York, buscan esa experiencia. Yo tenía razón, el tiempo me la ha quitado, se ve que sí.
Ahora es difícil reconocer la marca de un coche por el retrovisor, no hay Coca-Cola Light en ningún bar, hay más sitios como Capuccino, menos tiendas de siempre, y la culpa es nuestra, solo nuestra. Todo empezó a torcerse cuando dejamos morir la primera mercería, quiosco de prensa y el videoclub, o antes, yo qué cojones sé.






