En cada cena hay alguien que necesita ganar.
No lo dice así, claro.
Lo disimula con matices, con citas, con precisión quirúrgica.
Afina la postura antes del postre.
Espera el momento exacto.
Convierte una anécdota en una tesis.
Yo he sido ese. Suelo ser ese.
Y luego están los otros.
Los que escuchan.
Los que sonríen sin preparar réplica. Un poco Tom Hagen.
Los que dejan pasar una exageración como quien deja pasar una corriente de aire.
No es desinterés.
Tampoco superioridad moral.
Es otra cosa.
El amigo que cambia de tema cuando la sobremesa empieza a parecer un plató.
El padre que sirve más vino justo cuando la conversación se inclina demasiado hacia el combate.
Ese tipo que podría corregirte, pero no lo hace.
No necesitan tener razón.
Ni exhibir coherencia ideológica permanente.
Ni actualizar su postura en tiempo real.
Saben —o intuyen— algo que a los demás se nos olvida con facilidad,
casi nadie cambia de opinión en una mesa.
Uno cambia solo, mucho después, cuando nadie está mirando.
Resulta elegante.
No sentenciar.
No rematar cada frase como si fuera la última oportunidad de demostrar que uno existe.
Puede que no sea equidistancia ni clase.
Puede que solo quieran que les dejen en paz.
Instinto de supervivencia.
La identidad no siempre necesita exhibición.
A veces basta con quedarse.
Comer.
Escuchar.
Y cuando llega el postre,
son los únicos que no sienten que han perdido nada.






