Hay un momento —silencioso, casi educado— en el que uno empieza a sospechar que le han contado una historia demasiado bien contada. No ocurre tras una tragedia ni después de un gran fracaso. Al contrario, suele llegar cuando todo, en teoría, está en su sitio.
Casa. Trabajo. Familia. Fines de semana. Alguna hipoteca y la sensación de estar cumpliendo. Es entonces cuando, sin previo aviso, aparece una incomodidad difícil de nombrar. No es infelicidad abierta; es algo peor, la certeza de haber seguido todas las instrucciones y aun así no reconocerte en el resultado. Estás —como Brooks— institucionalizado.
Hemos hecho el ritual exacto que la sociedad nos prometía, o mejor dicho, nos exigía, como una media etiqueta. Nada falla en teoría. Y, sin embargo, algo no encaja. No hay villanos ni errores graves. Solo una voz interior —tardía, implacable— que insiste en que vivir bien no siempre es vivir de verdad.
Y ahí es donde empieza todo. Creyéndonos intrépidos, pero absortos por esto o aquello, nos damos cuenta de que lo que nos han contado no nos gusta nada, pero nos pilla a media salida. Como Casillas, en la Décima ante Godín.
Darle vueltas a las cosas solo sirve para que se te caigan al suelo. Pero la edad adulta trae consigo estas revelaciones: abrir los ojos y empezar a escuchar, sin entusiasmo, palabras como coliving o coworking, y asumir que el decorado cambia más rápido que el fondo.
Hemos dado un cheque en blanco a nuestros padres, profesores, tutores, jefes, gobernantes y grupos think tank que han sostenido un sistema cuidadosamente persuasivo. Y uno solo quiere ser feliz; a veces basta con que no te ahoguen, con poder mandar a paseo ese trabajo que te asfixia, esa deuda moral que no recuerdas haber contraído y decir a la mierda.
Lo inquietante no es haber creído en todo eso, sino comprobar que sigue funcionando. Que lo seguimos repitiendo con una fe discreta, casi profesional, aun sabiendo que no conduce a nada que se parezca demasiado a una vida.
Y aun así, aquí estamos, con las manos a medio camino y la portería vacía. Y va y no nos gusta.






