A veces, una pregunta —por pequeña que sea— dice más que cualquier respuesta. ¿A dónde van los patos de Central Park cuando el lago se congela?
Holden Caulfield la lanza en medio de su desconcierto adolescente, busca una grieta en el hielo para entender algo del mundo. La pregunta no tiene respuesta, claro, pero suena sincera, infantil y, por eso mismo, profundamente humana. En ella cabe la nostalgia, el miedo y la esperanza de que las cosas —y las personas— no desaparezcan del todo, sino que encuentren un refugio cuando el invierno se vuelve demasiado largo.
Años después, Tony Soprano también conecta con los patos. Los ve llegar y marcharse de su piscina, de su vida, y en esa huida siente algo parecido a la angustia de Holden. No son los mismos patos, pero sí el mismo vacío existencial. Tony no se pregunta a dónde van; simplemente sabe que, cuando se fueron, algo dentro de él cambió.
Los patos, en ambos casos, son una excusa. Lo visible de lo invisible. Lo que está ahí para sostener una pregunta que nadie puede responder sin romperse un poco. Holden pregunta porque no entiende el mundo; Tony observa porque entiende demasiado. Uno busca un sentido, el otro teme haberlo perdido. Y, sin embargo, ambos miran. Mirar es su manera de seguir vivos.
Quizá todos tengamos nuestros patos. Algo o alguien que se va con el frío, que desaparece sin explicación, y que nos deja cierto desamparo que solo existe cuando se nos escapa algo que nos hacía felices sin saberlo.
Cuando pienso en ellos —en Holden, en Tony, en sus patos— me doy cuenta de que lo que los une no es una pérdida, es una simple pregunta. Quizá mientras miramos el agua congelarse o el cielo vaciarse, todavía estamos aquí. Todavía creemos que, en algún lugar, los patos siguen buscando algo.






