Hubo un tiempo en que mejorar era una aspiración discreta.
Uno quería leer más, fumar menos, ser amable y puntual. Cosas razonables. Domésticas. Humanas.
Ahora mejorar parece una obligación moral.
No basta con estar bien.
Hay que estar en el proceso. Hay que explicarlo.
El café se volvió rendimiento cognitivo.
Dormir, recuperación estratégica.
Caminar, pasos.
Y la conversación, comunicación efectiva y asertiva.
El cuerpo, la agenda, la pareja, el ocio, la tristeza. Si algo no mejora, estorba. Si no escala, se descarta.
Conozco a un tipo que no puede leer sin subrayar. No creo que lo necesite, pero siente que si no extrae algo útil del libro, el tiempo se pierde. La novela parece inversión. El pasaje sin subrayar, activo improductivo y, por tanto sospechoso.
También está la pareja que habla de su relación como si fuera una startup. Estamos trabajando en nosotros. Hay que sacar tiempo de calidad. Se quieren, supongo. Qué demonios sabré yo. Me quedo con Mary Kate Danaher y Sean Thornton.
El gimnasio es otra iglesia. Se entrena para mejorar métricas. Hay gráficos, progresión. Si el cuerpo no responde, es tu culpa.
Antes uno podía perder una tarde sin culpa. Ahora perder una tarde es no haber sabido monetizarla emocionalmente.
El descanso se planifica.
El ocio es desarrollo personal.
La amistad se agenda.
Nos cuesta aceptar que algo permanezca igual. Un bar sin reformar. Un cuerpo sin esculpir. Una rutina sin rediseñar.
No quiero contar pasos. Subrayo solo a veces. Sin regla.
En Trainspotting se reían de una generación que elegiría cualquier cosa antes que pensar por sí misma. Decían que dentro de unos años —se cumplen treinta precisamente ahora— no habría hombres ni mujeres, solo gilipollas.
Lo decían como chiste.
Han acertado de lleno.
Sin inteligencia artificial.
Solo observando.






