Todo en blanco. Ninguna página llama. Ni la que espera ser plasmada ni la que ya fue escrita por otros. Solo quietud, las palabras han acordado un silencio común en medio de la intemperie.
Es universal el miedo al folio en banco de quien escribe, que sufre ese bloqueo que convierte cada idea en una piedra. Existe otra forma de parálisis, más silenciosa, la del lector que mira una página y no siente nada. Una anhedonia del alma que no se deja conmover, ni se concentra.
Quizá leer y escribir se crucen en ese punto —cuando ambos se enfrentan a la misma página en blanco—. Una superficie muda que no promete nada, donde aún podría ocurrir algo.
Enemiga, testigo, miedo, deseo, espera que antecede a toda forma. El lector busca un sentido, el escritor teme haberlo perdido, si es que alguna vez lo tuvo. Supongo que todo se reduce a esperar lo suficiente como para volver a decidirse.






