No soy taurino. Nada de nada.
Soy, más bien, un devoto del arte cuando se expresa en cualquier forma y del instante en que la belleza roza lo insoportable.
Morante de la Puebla anunció su despedida, algo parecido a lo que se siente al ver apagarse una forma de entender la vida. Lo suyo fue torear el tiempo, convertir la lentitud en un gesto sagrado, como aquella canasta de Jordan en el sexto anillo.
Morante ni toreaba ni hablaba para agradar. Toreaba para recordar que todavía existen hombres que se enfrentan al abismo sin pedir perdón por sentir.
Su adiós tiene algo de homérico, un regreso inevitable como conversación en los mentideros, una retirada que es, en el fondo, otra forma de quedarse para siempre.
Hay quien vive del aplauso. Él del eco.
Hasta lueguito, joder.






