Un runrún. Una sensación leve de estar siempre en otra parte. Falta de algo. O quizá exceso de cuestiones.
Hay momentos, como cuando hablas con alguien, y sin saber cómo ya estás pensando en lo siguiente. Todo parece importante y, a la vez, todo tiene la consistencia de la niebla. Esa niebla en la mañana de un paisaje bucólico cántabro.
Yo empecé a notar eso hace tiempo. Demasiado.
Y sin hacer mucho ruido, como quien deja de malgastar su vida, estoy empezando a volver al cable.
No al cable como objeto, sino a lo que implica. A lo que fija. A lo que ata. A lo que te obliga, casi sin querer, a estar donde estás. A no quedarte flotando en la superficie.
Y también al literal. Al que no te deja escaparte con facilidad.
Me cuesta la vida centrarme en algo, y por eso volver al cable quizá me reconecte con hacer una sola cosa. Escuchar un disco entero sin escaparme en el segundo movimiento de la Sinfonía nº 41 Júpiter de Mozart. Leer sin la tentación de levantarme cada dos páginas. Encender algo que no te pida nada a cambio excepto tiempo. Tiempo de verdad, no ese sucedáneo fragmentado que vamos repartiendo como propinas.
El cable tiene algo de disciplina. Es como ese buen amigo que te dice quédate aquí. Un rato. No pasa nada.
Y resulta que sí pasa. Pasa que las cosas vuelven a tener principio, nudo y desenlace. Que una tarde deja de ser un conjunto de interrupciones y se convierte en algo entero. Que el aburrimiento, ese viejo enemigo, empieza a parecerse peligrosamente a la calma.
Volver al cable es volver a la civilización. Hasta que lo que quede tenga peso y textura
Yo solo quiero estar ahí. Sin necesidad. Sin esa urgencia constante de estar en otra parte.
Y pensar que igual no hacía falta tanto.






