Quizá sea la posición con más jerarquía estética. Y también una de esas cosas maravillosas que han ido desapareciendo silenciosamente como los videoclubs, las cabinas de teléfono, una prueba más de que al mundo ya no le queda paciencia para ciertos tipos de belleza ni de nostalgia.
El mediapunta es una profesión extinta. Igual que ser acomodador en un cine de barrio, proyeccionista en una sala con olor a tabaco y terciopelo, botones de un gran hotel o ascensorista en una multinacional. Y qué quieres que te diga. Hay algo de Cinema Paradiso y El apartamento en todo esto.
Oficios condenados a desaparecer porque el mundo decidió que ya no tenía tiempo para detenerse.
El mediapunta era exactamente eso, alguien capaz de pasar desapercibido durante ochenta minutos y, de pronto, dejar un pase imposible entre cuatro rivales o esconder el balón junto al córner hasta que el estadio entero empezara a mirar el reloj.
Diez a la espalda o, en su defecto, un número estrambótico, inconexo. Media bajada, media melena, cinta en el cabello. Vestigios de un solitario que jugaba no solo ante once rivales. Es puritito fútbol y estética. Un cuadro de Hopper.
Era el último jugador al que todavía se le permitía pensar. Mirar alrededor antes de tocar la pelota. Gente que parecía jugar con resaca sentimental. El único al que se le toleraba cierta melancolía dentro de un deporte cada vez más obsesionado con correr y presionar, con el ida y vuelta.
Ahora los arrinconan en eso que llaman carril del 10. Una expresión horrible y fría. Sin duda inventada por alguien que jamás pidió un balón cuando el partido y la responsabilidad lo exigían. Hasta en el calentamiento sabías quién era el mediapunta. El auténtico 10. El dios del fútbol.
Platini manejando partidos. Zidane convirtiendo una final del mundo en una pieza de ballet. Guti jugando como si ya hubiera visto la jugada diez segundos antes que el resto. Bergkamp domesticando balones imposibles en Highbury. Gullit llevando el caos elegante de una estrella de rock al centro del campo. Laudrup asistiendo sin mirar porque mirar era vulgar. Todos escondiendo la pelota hasta desesperar al rival.
Y luego estaba Maradona, el Diego, claro, que durante los minutos que tenía el balón daba la sensación de no pertenecer al mismo deporte que los demás. Él era un poeta.
Ser mediapunta tiene algo de artista nocturno y maldito. De pintor condenado a no vender su obra por miedo a que la traten como atrezo en una pared enorme. Tiene algo de punk. De nacer siendo el tipo al que no le da para sostener una temporada entera, pero sí para levantarte del asiento, del sofá, del tedio existencialista táctico, aburrido y vulgar, regalándote un instante irrepetible.
A veces el fútbol —como la vida— va exactamente de eso. De recordar durante años algo que apenas duró diez segundos.






