El otro día, P.I. subía una historia sobre muestras de perfumes e iniciamos una conversación sobre Esencia de Loewe, mi perfume durante una década y media. Y ambos coincidíamos en algo, ni las muestras ni las esencias eran ya las mismas.
Sostengo —como quien defiende una colina creyendo todavía en su bandera y en ciertos valores— que la última vez que estuve tentado de volver a ese perfume tuve la sensación de que el aroma ya no permanecía el mismo tiempo. Me resultó casi insípido.
Supongo que también los perfumes han terminado adaptándose a este mundo rápido y efímero. Donde nada parece creado para durar demasiado. Y que términos como clásico y eterno terminarán desterrados de la faz de la tierra como en su día lo sufrieron el latín, la cortesía, algunas tildes o la coma del vocativo.
Quizá por eso seguimos guardando ciertas cosas como quien esconde munición para el invierno. Una entrada vieja de cine, una canción grabada a fuego, el recuerdo exacto de cómo olía alguien al abrazarte. Pequeñas pruebas de que hubo un tiempo en que las cosas sí permanecían un poco más. O tal vez éramos nosotros quienes sabíamos quedarnos.
Lo triste es empezar a sospechar que el mundo entero ha sido reformulado para evaporarse antes de que podamos acostumbrarnos a algo.
Y aun así, qué quieres que te diga, uno sigue acercándose la muñeca a la nariz esperando encontrar algo. Aunque sea una mínima traza de aquello que le hizo feliz.






