Seamos adultos
No sé en qué momento, pero los vídeos de abuelos se han vuelto imprescindibles para mí. Gente tomando el sol en un banco cualquiera, sujetándose la mano como el día en que se casaron, hace ya cuarenta años. Los que pasean a un perro sin prisa, los que compran americanas en Battistoni, los que esperan su turno y respetan las normas en el transporte público sin sentir que pierden nada por hacerlo.
Están llenos de vida. Una vida tranquila, sin épica, pero completa. Una paz que hoy parece casi subversiva en esta vorágine que hemos decidido llamar moderna, cosmopolita, inevitable.
Hay algo profundamente reconfortante en verlos. Porque no intentan ser otra cosa. No corren detrás de nada. No necesitan demostrar que existen. Están ahí, ocupando su lugar con una naturalidad que otros hemos olvidado.
Nos han contado muchas cosas sobre lo que debía desaparecer y sobre lo que debía ocupar su sitio. Nos han enseñado a mirar con desprecio lo que huele a viejo y a aceptar sin preguntas lo que se presenta como nuevo. Y, sin darnos cuenta, hemos terminado rodeados de objetos, ideas y gestos que sirven para salir del paso, pero no para quedarse. Como un almacén chino: suficiente, barato, intercambiable. Nada destinado a convertirse en clásico.
Esa gente —los abuelos, música, algunos libros, determinadas películas— es de lo poco que aún resiste ante la idea de que todo tiene que ser inmediato, reemplazable o provisional.
Entre ellos y la desaparición de lo que entendemos por Occidente hay un muro cada vez más fino. Y con él se van adelgazando también las grandes esperanzas de que mañana sea, al menos, un poco parecido a ayer. A lo bueno de ayer. A lo que hoy deberíamos aspirar.






