Hace no tanto tiempo, al llamar a alguien, pasaban muchas cosas antes de escuchar su voz.
No llamabas a Ricardo.
Llamabas a casa de Ricardo.
—¿Está Ricardo?
—¿De parte de quién?
Qué frase tan extraordinaria.
Durante años formó parte del paisaje sonoro de nuestras vidas. Hoy casi parece una pregunta filosófica.
¿De parte de quién?
Te obligaba a existir. A reconocer tu presencia. Y aquello no sucedía solo con el teléfono.
Antes, para entrar en casa de alguien, también había que anunciarse.
Había que llamar al portero automático. Esperar. Escuchar una voz. Interferencias. Decir quién eras.
A veces incluso mantener una breve conversación con los padres de tu amigo antes de que apareciera él. Existía un pequeño protocolo. Una ceremonia. Una forma de cortesía tan cotidiana que nadie reparaba en ella.
Hoy enviamos un mensaje. Estoy abajo. Y ya.
Ni siquiera llamamos. No sabemos esperar y, sospecho, tampoco nos gusta demasiado.
Ni siquiera miramos hacia arriba por si alguien se asoma al balcón.
Hemos eliminado todos los vestíbulos de la vida.
Pensamos que toda espera es una pérdida de tiempo. Que toda distancia debía reducirse. Que cualquier obstáculo entre dos personas era una ineficiencia que conviene corregir.
Entre nosotros y los demás siempre había algo. Una puerta. Un timbre. Un telefonillo. Un contestador automático. Un padre preguntando quién llamaba. Una madre diciendo que Ricardo estaba en la ducha.
Rituales mínimos que parecían irrelevantes y que, sin embargo, formaban parte del encuentro.
No eran un error del sistema. Eran el sistema.
Hay algo profundamente humano en no estar disponible. Durante años nadie sabía dónde estabas y no pasaba absolutamente nada. La incertidumbre no era una emergencia. Era una condición natural de la existencia.
Si alguien no estaba en casa, simplemente no estaba. Si el teléfono comunicaba, volvías a llamar más tarde. Si no respondía nadie, asumías que la vida seguía ocurriendo en otro sitio.
Quizá por eso echo de menos aquellas pequeñas ceremonias.
No los teléfonos fijos. No los porteros automáticos. Ni siquiera los contestadores.
Echo de menos esa breve distancia que existía entre nosotros y los demás.
Ese vestíbulo.
Ese lugar donde todavía no habíamos llegado del todo.
Y donde, sin saberlo, ocurrían algunas de las cosas que terminaban dando sentido a las importantes.
Quizá por eso, al pasar por ciertos portales, aún escucho el ruido de la puerta al cerrarse. El sonido de alguien dejándote entrar en su mundo. Incluso la voz de una madre al otro lado del telefonillo.
Hasta lueguito, joder.






