Nos puede llegar a gustar tanto algunas cosas que terminamos desarrollando hacia ellas una extraña sensación de posesión.
Un perfume. Un autor. Un bar. Una marca de ropa. Un disco. Una película. Un actor secundario.
No porque nos pertenezcan, claro. Pero sí han terminado formando parte de nosotros, del mobiliario sentimental de una vida.
Y cuando vemos que compartir algo en público crea un efecto llamada. Hay cierto elitismo en el descubrimiento, esa arrogancia de quien conoce algo y son otros los que aprovechan la corriente.
Supongo que por eso resulta tan extraño cuando descubrimos que aquello que sentíamos casi como un secreto empieza a gustarle a todo el mundo.
Hay algo de arrogancia en ello, no merece la pena negarlo. Algo parecido a esos avisos de only locals que durante años aparecieron en ciertos rompientes de California. Una forma cruda de decir, esto estaba aquí antes de que llegaras, intruso.
Todos tenemos un pequeño imperio romano. No está formado por provincias ni ejércitos. Está compuesto por recuerdos que hemos ido incorporando a nuestra biografía hasta el punto de confundirlos con nosotros mismos.
Por eso, cuando encontramos algo verdaderamente extraordinario, solemos desear dos cosas incompatibles.
Que todo el mundo lo conozca. Y que nadie lo descubra.
Al final, recomendar es correr el riesgo de perder una parte de la relación privada que manteníamos con ello. Supongo que las protegemos porque en cierto modo contienen una versión de nosotros mismos que tal vez ya no existe.






