Las papelerías nunca vendieron bolígrafos. Vendían la posibilidad de empezar algo.
Todo ocurría antes de comprar. Abrías la puerta. Sonaba la campanilla. Llegaba el olor del papel.
Cuadernos apilados. Gomas Milan. Cartulinas. Carpetas. Lápices negros y amarillos. Tizas. Rotuladores. Cajones de madera.
Casi nunca ibas solo a comprar un cuaderno. Ibas a comprobar que todavía quedaban cosas por escribir. Por dibujar.
Salías con la sensación de que todavía era posible empezar de nuevo.
Después fueron cerrando. Las librerías de siempre. Los quioscos de prensa. Aquellos comercios donde el dueño sabía exactamente lo que buscabas.
Cada vez que cierra uno pienso que una ciudad empieza a parecerse demasiado a cualquier otra.
Dejamos de reconocernos en los barrios. En las aceras. En el ferretero, la mercería, el obrador o el bar con barra metálica y tragaperras.
—F. O. X.— deletrea el hermanastro de Tom Hanks en Tienes un e-mail. FOX, la gigantesca cadena de librerías de su familia, termina devorando la pequeña librería de la esquina. Saldos. Un excelente cappuccino, según ellos. Y miles de libros.
Y no puedo evitar sentirme como el loco del Observer, hablando de movilizarse para defender aquello que ya casi nadie está dispuesto a salvar.
Hasta lueguito, joder.






