En el bar semivacío, el sonido del hielo ocupa el lugar de las conversaciones. Afuera, alguien cruza buscando la estrecha línea de sombra que dejan los edificios.
Quien decidió cómo debía ser la ciudad nunca fue jardinero. Y eso se nota. A ciertas horas, en esta época del año, parece haberse quedado sola.
No es cierto.
Se quedan los que abren, los que riegan, los que sirven cafés y los que guardan la intimidad de quienes huyen. Cuando la gente se marcha, nunca se va del todo.
Deja unas llaves, plantas y, a veces, un perro que no comprende las ausencias. Deja una persiana que conviene levantar de vez en cuando y una casa distinta cuando no hay nadie dentro.
Nos marchamos, pero dejamos atrás una parte de nuestra vida que continúa necesitándonos.
Mientras tanto, dormimos en camas ajenas y buscamos a oscuras interruptores que siempre están en el lugar equivocado. Durante unos días vivimos dentro de las costumbres de otros mientras alguien entra en las nuestras.
Siempre podemos irnos porque alguien se queda.
Hasta lueguito, joder.






