Probablemente sea la única pregunta capaz de explicar lo que ocurrió después.
Hay frases que ya no pertenecen en exclusiva a quien las pronunció. Son patrimonio de la humanidad. Como Play it again, Sam, aunque nunca se dijera exactamente así.
La jugada excepcional de Maradona empieza antes, arranca en esa narración. En esa voz de Víctor Hugo Morales quebrándose mientras intenta encontrar palabras para algo que sin duda no las tiene.
Y es curioso. Han pasado cuarenta años. Hemos Mundiales. Pero seguimos volviendo a esos diez segundos. A la revolución. Al milagro.
Maradona recibe el balón.
Gira
Arranca
Deja atrás a uno, a otro.
Ya no corre. Galopa con la pelota atada a su pie izquierdo.
Le salen al encuentro. Tarde. Lo persiguen. Inútil.
Cada toque parece tan preciso como irreal. Y, sin embargo, llega otro.
Hasta que aparece Shilton. La última frontera. La lógica. El final de la jugada. Pero tampoco.
Maradona culmina con el truco final. Y sucede. El gol. La pregunta. La voz de Morales buscando refugio en la poesía, en la religión. Porque el fútbol ya no basta.
Y como los personajes de Sorrentino cuando atraviesan Roma buscando una belleza que saben imposible. Maradona la crea entre ingleses. Entre tacos. Entre piernas. Ante la incredulidad de ciento catorce mil quinientas personas en el Estadio Azteca. A veces pensamos que los Mundiales se recuerdan solo por los campeones. No es cierto.
También se recuerdan por las imágenes que son ballet. Un cuadro. México 86 pertenece a la carrera de un pibe ante un imperio. A una voz. A una frase.
A un genio que durante una galopada se escapó de las leyes y normas del fútbol de la época. Y también de la física. Quizá por eso seguimos viendo ese gol. Y recordando cómo nos lo contaron. Quizá durante diez segundos fue simplemente el mejor futbolista que ha existido jamás.
Creo que pocas veces el fútbol, la belleza y la literatura coincidieron en el mismo lugar con tanta precisión.
¿De qué planeta viniste?
Cuarenta años después seguimos esperando la respuesta.






