El verano —tengo esta impresión— siempre ha sido algo más que una estación. Es una copa esperando en el congelador, unas patatas fritas a deshora, un libro y luego otro, un cannoli cuando crees que ya no queda hueco para el postre.
Hay un momento que se repite todos los años y con el que fantaseo el resto de los meses. Bajar la ventanilla del coche al cruzar Cantabria y oler a lluvia, a tierra mojada. Blanca Mañana. El lugar donde nacieron siete generaciones de Thornton.
Durante unos segundos se apodera de mí la extraña sensación de libertad, de que el tiempo no ha pasado. Teorizo con que los lugares conservan mejor nuestros recuerdos que nosotros mismos.
Empiezo a pensar que el verano siempre fue un lugar. Uno al que volver.
Todos necesitamos un Innisfree. Un lugar que no siempre existe en el mapa, sino solo en la memoria. Un lugar al que volver como refugio. Puede ser una playa, una casa, un jardín, una carretera secundaria, aquella canción o un olor capaz de devolvernos, sin pedir permiso, a una versión de nosotros mismos que creíamos perdida durante el resto del año.
Por eso regresamos. No para comprobar si sigue siendo el mismo, sino para averiguar si todavía queda algo de aquella persona que fue feliz y libre allí, aquel verano.
Con los años se descubre que la felicidad rara vez consiste en encontrar algo nuevo. Casi siempre consiste en reconocer algo que ya era tuyo. Son momentos que, como bien sintetizaba Germán Areta, terminan recordándote quién eres.
No conozco otra receta para la felicidad. Y, si existió alguna vez alguna mejor, nunca me interesó demasiado.






