Conozco personas acostumbradas a dormir la siesta a las que, si se la quitas, a las siete de la tarde ya no puedes considerar plenamente personas.
A mí me ocurre con el café. Lo entiendo, dentro de la maldita cotidianidad, como un salvavidas.
El primero me devuelve a la vida. El segundo confirma que sigo en ella. El tercero impide que la tarde se convierta en una sucesión de asuntos que ya resolveremos mañana.
Hay quien llama a esto dependencia. Puede ser. Uno termina aceptando ciertas acusaciones cuando se las hacen con razón.
No tomo café para mantenerme despierto. Lo bebo para saber en qué parte del día estoy y, sobre todo, para encontrarle sentido a la rutina.
Antes del primero, la mañana es apenas una circunstancia. Después del tercero, el día puede continuar. Todo lo que ocurre entre ambos pertenece a esa franja incierta que llamamos obligaciones.
Pero, sobre todo, me encanta.
La siesta y el café hacen, en realidad, lo mismo desde lugares opuestos. Una detiene el día. El otro consigue que vuelva a ponerse en marcha.
Por eso comprendo a quienes necesitan dormir veinte minutos después de comer. También comprendo que, a las siete de la tarde, miren con odio a quien se lo ha impedido. Les han quitado algo más que el sueño. Les han desmontado el día.
A mí que no me quiten el café.
No respondería de mí.
Hasta lueguito, joder.






