No sé exactamente cuándo empezamos a necesitar tantas cosas para ser felices. Supongo que ocurrió el mismo día en que dejamos de llevar monedas sueltas en el bolsillo.
El día debería empezar con olor a café recién hecho. El aroma, la crema, la leche a la temperatura exacta. Pero, con los años, he descubierto algo casi tan importante, la taza.
Parece una tontería hasta que no la tienes.
De todas las tazas importantes que han pasado por mi vida, solo queda una. Una de un Starbucks de Seattle que conseguí mediante métodos que no resistirían una auditoría ética demasiado exhaustiva.
Todo empezó porque mi viejo amigo Nick aseguraba que yo era incapaz de llevarme nada de ningún sitio. Ni un fetiche. Ni un recuerdo. Cuarenta y cinco minutos después seguía sentado en aquella mesa observando a los camareros y las posibles rutas de escape para una taza que probablemente valía menos que los cafés consumidos durante la operación.
Nunca seré el malo de una película.
Lo curioso es que esa taza tampoco la uso.
La guardo como una postal. No porque sea especialmente bonita. Tampoco es la mejor taza del mundo. La guardo porque, si se rompe, desaparece para siempre algo más que porcelana.
Lleva años en una estantería. A salvo de visitas, mudanzas y lavavajillas. Una reliquia. Podría escribir una copla o un bolero sobre ella. Hace solo unos días, la sostuve en la mano. Palpé sus grietas, sus defectos. Me sentí veinte años más joven.
Han pasado unas cuantas por casa. Algunas se rompieron. Y mientras tanto sigo buscando la mía. Parezco a quien tararea una canción que recuerda a medias.
Todavía no la he encontrado.
Hay objetos que cualquiera consideraría intercambiables. Precisamente por eso son importantes para mí.






