Idealizar el verano es un deporte universal.
Lo fue para Rohmer.
Lo fue en El jardín de los Finzi-Contini.
Lo fue para George Costanza.
Quizá porque el verano nunca ha sido una estación, sino una promesa. La promesa de que durante unas semanas seremos una versión más interesante, ligera y feliz de nosotros mismos.
Resulta conmovedora esa costumbre de planificar el verano como si todavía tuviéramos diecisiete años y el tiempo fuera a detenerse. Como si bastara una novela, una terraza al final de la tarde acompañada de un negroni o una canción procedente de una ventana abierta para cambiar el curso de los próximos meses.
Supongo que por eso el verano está lleno de rituales absurdos, de actos de fe.
Nada garantiza que vaya a ocurrir nada extraordinario. Quizá por eso seguimos esperándolo.
Y, sin embargo, cada junio volvemos a comportarnos como si fuera posible. Como quien regresa a una vieja superstición.
El sentido más estricto de la vida, el racional, nos enseña que el paso del tiempo forma parte del proceso de nuestra existencia, pero no nos niega el derecho a sentir nostalgia por quienes ya no están, por la juventud perdida o por aquello que creíamos que iba a quedarse para siempre.
Aunque la juventud es un reino que siempre acaba cayendo.
Y por eso seguimos esperando el verano.
No porque vaya a cumplir sus promesas.
Sino porque nosotros seguimos necesitando creer en ellas.






